La nieve

Es raro, pero a veces los planes salen como los has imaginado. Por ejemplo, le digo a mi novia, vámonos a la Sierra de Baza, al Cortijo Narváez, que Gustavo me ha dicho que mola. Además, después de ver las fotos en Internet, me entraron unas ganas locas de pasar las horas muertas mirando a lo blanco junto a la chimenea. Lo primero que salió fue que nos fuimos solos mi novia y yo, a pesar de los avisos a varios amigos. No sé por qué, pero lo imaginaba. Tras hacernos con unas cadenas in extremis, por si la nieve, que por cierto también intuía que no utilizaríamos, rodamos en dirección a Granada con la alegría interior que te dan los viajes que empiezan. Ya saben, es como empezar una vida dentro de la vida. Sientes una libertad, una plenitud, una expansión, una cosa.

Narvaéz

Durante el viaje nos dedicamos a oír música de los ochenta y a dar un repaso mutuo a nuestras vidas. No tardamos en entrar en asuntos espinosos. La vez que te fuiste con fulanito, anda que tú con fulanita, que se veía de lejos que estaba cargada de hombros. Pues si te digo el gafitas ese, qué mal gusto, Dios mío. No, no es por criticarte, que tú sabes que yo no, pero anda que… La cosa pasó de los comentarios neutros por el bien del otro al reproche abierto, y todo el compartimento se mezcló de aire caliente y aire resentido, en proporción de 60 a 40 aproximadamente. Habíamos entrado en retención por obras y se acercaba la hora de comer, y como con el estómago vacío es que no conocemos ni a nuestro padre, mi novia y yo, que en el fondo nos entendemos bastante bien, nos mandamos a la mierda con carácter retroactivo y dejamos las diferencias zanjadas.

Luego sucedió una de esas cosas que te dejan la expresión de boxeador sonado. A saber, paramos en el restaurante Emilio con menú a 8 euros para no saturarnos de coche, y nada más retomar la marcha aparece la desviación para el albergue. A la curva siguiente. Pues eso, cara de boxeador sonado.

Ya en el sitio nos dimos cuenta de que íbamos a estar bien. Naturaleza salvaje, nieve abundante, comida buena, buena habitación: sólo teníamos que relajarnos.

Por la noche, pensaba lo bonito que sería que se pusiera a nevar, porque aquí servidor procede de climas benignos y lo que es la nieve y nevar y el frío, pues poquito. En esto que va y se pone a nevar. Toda la noche nevando y mirando por la ventana como si lo viera por primera vez (de acueeeeeerdo, era la segunda). A la mañana siguiente nos aventuramos a dar un vueltazo por los alrededores. Cogimos el camino forestal y después de un rato nos fuimos campo a través. Primero, el blanco. Eso de mirar la arboleda y ver el manto blanco, es absolutamente relajante. Como mirar una extensión de arena, o un lago en calma, o el mar. Sedante. Segundo, el silencio. El silencio. Tienen que probar esto. Estar allí, callado, sin más. En tercer lugar, y cuando sale uno del éxtasis, el crujido de las pisadas en la nieve. Es adictivo. No puedes dejar de hacerlo. Es el tacto, pero sobre todo el sonido. Por favor, no dejen de ver la película de Mercedes Álvarez El cielo gira. Este lugar me la recordó mucho, sobre todo por la quietud.

De pronto nos dimos cuenta de que la nieve se había acumulado en los troncos de los árboles, pero sólo en una mitad, a consecuencia de la dirección del viento. Hace mi compañera un gesto así imitando a un árbol y con las manos señalando la nieve hacia su cara. Y en ese momento, atención, pregunta: ¿Hacia dónde mira un árbol? Sólo conozco un árbol con ojos. Está plantado en la tetería de mi amigo Felipe. El bosque de hadas, se llama el sitio. Pero éstos… Me malicio que en realidad miran para todos los lados al mismo tiempo. Imagínense, vista circular. Qué más quisiera que estar tan abierto al mundo como un árbol.

Pero empezaba a nevar, se acercaba la hora de la comida y además tuvimos la lucidez de aceptar que no podríamos crujir toda la nieve del monte por nuestros propios medios, así que volvimos al campamento base. Y en buena hora, porque mientras dábamos cuenta de las delicias del lugar, calentitos, afuera estaba cayendo la nevada del siglo. La tarde siguió mirando a lo blanco junto a la chimenea, como estaba previsto, y haciendo compañía a varias familias enteras que tuvieron que volver al refugio tras quedarse tiradas con los coches. Qué historión.

Al día siguiente, el espectáculo era de cuidado. Mi coche medio enterrado en nieve, todo el interior del albergue cubierto, en realidad todo cubierto, y un sol… Lo mejor de todo fueron los carámbanos. Qué palabra, che. Me trae recuerdos de infancia, la primera vez que vi esta palabra tuvo que ser en un tebeo de Zipi y Zape o Carpanta. De cada teja colgaba uno, a cual más largo y vistoso. Decidimos que no nos iríamos hasta que los derritiésemos todos. Cuidado con las obligaciones imprevistas que te surgen: crujir nieve, derretir carámbanos. Entonces me di cuenta de que estábamos asistiendo a un fenómeno prodigioso. A pleno sol la nieve se derretía de todos los lugares altos en donde se había acumulado, tejados, árboles, farolas, dando lugar a un goteo interminable por doquier, una suerte de lluvia de segunda mano que contemplamos con el mismo arrobo que la original.

Antes de dar por terminada esta vida dentro de la vida hemos decidido volver en otra época, porque la realidad aquí ofrece resquicios más que interesantes, aunque, como dijo Cortázar, y si no, le pega haberlo dicho, lo más probable es que quién sabe.

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