El destino de un vaso

Cuando una condesa bebe, no piensa en el destino del vaso. Se diría que un vaso está hecho para romperse aunque, pensándolo bien, ¿hay algo que no esté hecho para terminar rompiéndose? El vaso de la condesa sigue en el aparador de un palacete olvidado esperando hoy, cuando ya no se usan los corpiños, a que alguien lo manipule hasta acabar con él.

Hay un vaso que nunca se usa, junto con sus compañeros de juego, en la estantería de cristal, a su vez acristalada. ¡Cuánta nada sosteniéndose la una a la otra! Pero este vaso no dura, porque un buen día se nos escurre al limpiarle el polvo que casi no tiene.

En cambio hay otro vaso que se usó una y otra vez, hace cientos de años en una floreciente ciudad de provincias. Un día su dueña lo enterró porque tuvo la lucidez de encarar un futuro muy lejano y quiso compartir su pequeño encanto con alguien, tal vez con nadie. El jefe de la excavación dijo que adelante, que ahí no había nada, y el pobre muchacho dio de lleno en él haciéndolo añicos. Claro que el muchacho, como su jefe, era incapaz de distinguir si un vaso está cubierto del polvo del tiempo o de tierra intencionada. Así que tras una regañuza el vaso se reconstruye y se llega a la conclusión de que es importantísimo, como en verdad fue, aunque por motivos distintos a los que piensa el jefe de la excavación. No obstante aparece una revolucionaria técnica de reconstrucción, con lo que el vaso se rompe a conciencia en miles de trocitos y vuelve a reconstruirse con paciencia y meticulosidad científicas. El guarda jurado de la sala donde se expone se imagina a la dueña usándolo en un día caluroso, pero no, no será él quien acabe rompiéndolo.

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