Tengo mucha paciencia
Tengo mucha paciencia. Mucha. Nunca me pongo nervioso cuando hay cola en el supermercado o para coger el autobús. Si tengo mucha hambre no utilizo la olla exprés; en cambio, cocino las lentejas a su debido tiempo en la cazuela. Cuando llega el tiempo de las mandarinas, jamás cojo una verde, y lo mismo me pasa con los tomates y las chirimoyas. Si no es el momento, no es el momento.
De joven estuve esperando cinco años a que una chica se enamorara de mí. Finalmente, cuando ocurrió, la rechacé, porque yo nunca me había enamorado de ella. El secreto de la paciencia está en elegir bien lo que se espera. ¿Se imaginan esperar cinco años, o veinte, a una persona que no se llega a enamorar de nosotros? Si se elige bien, la espera es serena, edificante, regeneradora, se sabe que no hay esperanza de por medio, sino la certeza de lo que está destinado a suceder.
A los cinco años ya llevaba siete esperando para aprender a leer y escribir. La primera palabra que escribí fue “palabra”, y también la primera que borré, para que desapareciera como si la hubiera dicho. Era divertido, iba todo el día poniéndole tildes a los árboles y convirtiendo los consejos en conejos con mi goma de borrar.
En una ocasión esperé dos años y medio para escribir un poema. Las ideas venían y se iban como una ola en la playa. Cuando pasó todo ese tiempo los versos necesarios habían quedado en la arena, así que no tuve más que recogerlos y componerlos a mi gusto. ¿De qué me hubiera servido la prisa? Sólo habría conseguido un engendro a base de ideas inconclusas aunque con muchas conchas, eso sí. Sé reconocer un poema inmaduro en cuanto lo veo.
Sólo puede haber algo tan desconcertante como que no suceda lo que se espera, y es que suceda lo que no se espera. Por ejemplo, a los 11 años, mientras esperaba pacientemente a hacerme mayor, me enamoré. No me enamoré de ninguna niña, ni de mi mascota, ni de mi maestra. Me enamoré sin más, sin objeto, con esa sensación que llega con los primeros calorcillos de la primavera y que provoca suspiros, temblor de piernas y cosquilleos en la barriga.
Cuando se aprende a tener paciencia, y esto suele ignorarse muy a menudo, se descubre que hay que estar preparado para lo que tarda mucho y también para lo que tarda poco. Algunas cosas tardan tan poco en suceder que, si no las esperamos con suficiente antelación, ocurren sin darnos cuenta. Por ejemplo, una estrella fugaz, o un guiño de complicidad, o una gota cayendo del grifo, o un guiño fugaz, o una estrella de complicidad, o bien una gota cayendo veloz, rápida, del grifo.
Algo que suele agotar la paciencia de las personas es esperar a otras personas que llegan tarde. Hay personas que siempre van detrás de sí mismas, y por eso se retrasan. No paran de perseguirse. El día que se alcanzan, se reconocen por primera vez y cambian tanto que parecen otras personas.
Todos tenemos una cita en la que convendría saber esperar. La muerte siempre llega tarde. El refrán favorito de la muerte es “más vale tarde que nunca”. Si se hace bien, la espera es serena, edificante, regeneradora, se sabe que no hay esperanza de por medio, sino la certeza de lo que está destinado a suceder.