Diario de crédito
Nunca he escrito mi diario. Todo lo más, cuando era adolescente, tuve la audacia de dejar por escrito algunos pasajes histórico-emocionales de mi entonces desorientada existencia, y más por terapia que por ambición literaria, que también tenía, aunque ésta la volqué intencionadamente en otro tipo de experimentos. Me viene a la mente este asunto después de sentir por enésima vez que el tiempo se me escurre al no poder recordar, ni por aproximación, en qué momento y circunstancias sucedieron ciertos hechos para mí significativos. Por ejemplo, ¿en qué verano estuve de cámping en los Pirineos? ¿Hace tres, cinco, siete veranos? ¿Fue en otoño cuando se lió aquel follón en mi antiguo trabajo? No hacía mucho calor, pero bien podría haber sido en primavera. Y así, se da uno cuenta de cómo a los recuerdos, árboles caducos, se les van cayendo las hojas de lo accesorio para quedar en una sensación desnuda y vaga. Si hubiera escrito un diario, pienso a menudo, tendría ahora la oportunidad de, no diré revivir, pero sí refrescar algunos momentos de forma más cercana a cómo en realidad sucedieron, en lugar de conformarme con su residuo. Mi novia llevó durante varios años su propio diario, y también en otra época aquellas películas u obras de teatro que veía, así como los libros que leía. Como la gran mayoría de los apuntes fueron eventos compartidos, revisitar estas listas me proporcionaba un regocijo de la vida vivida. Por ejemplo, si me preguntaban si había visto “Hoy empieza todo”, no podía saberlo a ciencia cierta. Pero si leía esta peli en la lista de mi novia, recordaba incluso el argumento.
Desde hace algún tiempo hago mis principales operaciones bancarias por medio de Internet. Entre la Red y el cajero automático, he restringido al mínimo mis visitas al banco, hasta el punto de que no actualizo mi libreta desde ni me acuerdo. Pues bien, estaba limpiando mi ordenador de archivos en desuso cuando me encuentro una hoja de cálculo con un extracto de mi cuenta bancaria de hace un par de años. De un vistazo me encuentro con informaciones que ya tenía olvidadas. Por entonces pagaba un número de teléfono comenzando por 958. Claro, porque vivía en Almuñécar. Esa sí que fue una buena época. También que por entonces recargaba mi móvil. Ah, claro, ya en el verano pasé a tener contrato. Vaya, el 1 de septiembre pagué en una óptica mis primeras gafas. Me acuerdo perfectamente: fuimos mi novia, nuestro amigo Márquez y yo, y me ayudaron a elegir el modelo de gafas. La óptica estaba al lado de la casa de mi amigo. Qué más vemos por aquí… El pago a la agencia de viajes. Esto por sí solo no me permite saber a dónde fuimos. Pero mira por dónde veo un pago a Soltour. Entonces no hay duda: estuvimos en Tenerife, donde Soltour llegó a estar tan presente en nuestras vacaciones que le saqué hasta una musiquilla de coña: “Pero qué bien viajamos todos con Soltouuuuuuur”.
Este extracto lo obtuve como forma de control de mis gastos desgravables en la declaración de la renta. Y sin embargo, su función informativa rebasa el uso fiscal para, ahí es nada, alcanzar y tocar el plano emocional. No creo en el “tanto tienes, tanto vales”, pero este ejemplo casi demuestra que “así gastaste, así fuiste”. Quién nos iba a decir que la sociedad hiperinformada en que vivimos iba a depararnos este efecto indirecto. Entre las domiciliaciones y la tarjeta de crédito disponemos de un registro exacto de nuestros movimientos económicos, que no dejan de ser de los más personales de nuestros movimientos. ¿Que no escribe diario? Pida un extracto de su cuenta al banco.