El puente (3)

El tercer día hacemos la excursión más cortita de todas, la de Castellar. Ya serpentear por el camino es todo un placer, en cuanto empiezan a aparecer los alcornoques. Al poco, se nos descubre la colina sobre la que se alzan el castillo y la aldea, y a la mitad de la subida se nos inunda la vista con toda el agua del pantano.  Ya arriba, nos dejamos ir por sus callejuelas. Iba a decir nos perdimos por sus callejuelas, pero tal resulta imposible, tan pequeño es. El castillo debe de ser recoleto en invierno, en este primero de mayo está concurrido, pero más que practicable. El personal que circula por allí es variado en cuanto a procedencias y edades, y una de dos: o bien el público sabe a dónde viene y respeta el ritmo del lugar, o bien estas piedras contagian de su calma a los visitantes.

Para el que espere escenas típicas, pobladores típicos y artesanía típica, se encontrará con que los hippies, bohemios y artistas se han hecho fuertes en el pueblo y configuran de facto un nuevo tipismo desde hace ya años. Es una Meca alternativa de bolsillo situada en un lugar privilegiado, que compatibiliza la explotación turística con una vida rústica. Un fenómeno turústico, si se me permite el invento.

Por un lado se puede admirar el pantano desde un balconcito de piedra que es para quedarse. Por el otro lado del castillo un mirador muy abierto se yergue sobre las ondulaciones cuajadas de quercus que han hecho nuestro camino de llegada. Escuchen: la naturaleza está hablando. Para terminar de acrecentar la sensación de plácida fluidez, aparecen planeando a la perfección unos pocos buitres, juntos pero no revueltos, tan cerca que casi podemos tocarlos, cosa que no hacemos por si acaso.

Después de un paseo a la Fuente Vieja, el calor ha apretado y se impone una cervecita. En la tasca de la entrada un camarero fumado nos informa de los precios, nos pone una tapa de más que no hemos pedido, rompe una jarrita y departe con un parroquiano salido, que se quiere camelar a la rubita del puestecillo de enfrente. Todo es indescriptiblemente absurdo, y la música de Kiko Veneno no hace más que contribuir a desbaratarlo todo, con lo cual aceptamos que es el lugar perfecto para nosotros.

Para terminar mi compi se ha fijado, porque es un lince, en un antiguo camino que corre paralelo a la carretera actual y que es perfecto para patearlo, cómo no, en una futura visita.

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La naturaleza está reverberando de vida. Te carga de energías. Cuando te sientes parte de ella, los nacionalismos, el litro de gasolina y los derechos de los simios adquieren su verdadera importancia: ninguna.

Este es nuestro premio, haber venido, haber disfrutado, estar vivo para contarlo. Déjense de loterías y vayan al campo en primavera. Siempre toca.

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