El puente (1)
El pasado puente servidor y compañera hemos estado dando un repaso a varios enclaves naturales de Cádiz y Málaga oriental. Con base en Manilva, sábado, domingo y lunes hicimos sendas excursiones a Barbate, río Genal y Castellar del Castillo, que paso a relatar en tres artículos para solaz de los lectores interesados.
* * * * * *
Bordeando la costa Gaditana, dejamos atrás Algeciras, Tarifa, Bolonia y Zahara. Más adelante cruzamos un buen trecho de la campiña gaditana en todo su esplendor. Verde radiante para no cansarse de mirar. Enseguida llegamos al desvío de Vejer y Barbate. Vejer, vaya maravilla de estampa. Tendremos que volver otro día sólo para verlo.
Entrar en Barbate no causa ningún asombro. Si nuestro clima fuese más nuboso, Barbate sería un pueblo muy triste de ver, con sus casas maltratadas por el ambiente marino. Afortunadamente, basta asomarse a su paseo marítimo para ver la salida del laberinto: el mar. Siempre me ha llamado la atención la querencia marina de los habitantes de ribera. En medio de las grandes llanuras se agobian, tierra por todos lados. Sin embargo, si hubiera que huir, ¿no es mejor tener tierra por donde correr? La lógica dice no, el corazón siempre dice sí al mar. Para este malagueño que les habla, el color del atlántico gaditano es siempre sorprendente: más turquesa, más bonito. Y las playas más anchas y blancas que las mediterráneas, más relajantes. Nos tientan la arena y el agua, pero decidimos darnos un paseíto.
Sentados en familiar chiringuito, mi familia y yo, es decir ella y yo, descubrimos el atún de ahijar, una especie de atún semicrudo, como marinado pero sin especias, como ahumado. Redescubrimos el atún encebollado y aprendemos que el bienmesabe no es un dulce, sino cazón en adobo, y que las ortigas fritas no son plantas, sino unas medusillas de aspecto gelatinoso que, a su estilo, guardan el sabor del mar, y muy bueno, puesto que repetimos. Eso sí, no las pruebe si no es amigo de los bichos raros, por ejemplo si no es capaz de comer conchas finas vivas.
Esto no es la Costa del Sol, y quien esté acostumbrado a ella, lo notará. Se mantiene el sabor local. Seguro que en verano se pone a tope, pero todavía se ve un punto de autenticidad. Los precios, sin llegar a baratos, son dignos de pagarse.
Un café y un dulce, ahora sí, nos catapultan a la tibia arena, donde nos damos la siesta padre. O madre. Y después de un rato decidimos que por qué no echamos un vistazo a los Caños, ya que estamos. La cuestión es que de camino con el coche nos metemos de improviso en un aparcamiento de entrada a un sendero en el Parque Natural de las Breñas. En realidad habíamos venido a esto, pero por improvisar lo habíamos desechado y de nuevo improvisando ha salido. Esto demuestra que, aunque parezca mentira, una improvisación puede planearse.
Se trata de un pinar frondosísimo, con hermosos pinos cuyas copas crean un espacio cubierto casi ininterrumpido, con muy pocos claros. Andar por sus senderos es una experiencia mágica, muy potente. Por primera vez he comprendido por qué los bosques centroeuropeos han generado una literatura tan fantástica. La sensación que prevalece es la de integración con una energía vital desbordante, de exploración de un mundo distinto en el que no tenemos más remedio que adentrarnos. La experiencia sensorial es completa: pájaros cantando por doquier, todas las plantas en flor con el consiguiente despliegue de colores, aromas a mansalva.
El sendero se cruza en una media horita por caminos arenosos sin ningún tipo de pendiente, tras lo cual se llega a una torre vigía de cuando los piratas daban guerra, al borde mismo de un espectacular acantilado de más de cien metros de altura. Reparamos en que hay más rutas por otros senderos, incluso uno que llega hasta los Caños. Como se nos ha pasado el día, los Caños, vía sendero, los dejaremos para la próxima visita. La misma en la que volvamos a ver Vejer. Uf, a ver si van a tener que ser dos.
9 Mayo, 2006 a las 1:30 am
No quería dejar pasar la oportunidad de ser el primer comentador de tu blog, Vela, amigo. Por fin me has hecho caso, y te dedicas a escribir, aunque yo te decía que en un bloc, al final has cambiado la letra final. Bien está lo que bien acaba. Soberbia la improvisación planificada, o la planificación improvisada. Jardiel te manda saludos.
Fernando