Baraka
En los años 70 la NASA mandó al espacio las sondas espaciales Voyager. Estos artefactos transportan a través del espacio diversas muestras visuales y sonoras a modo de presentación del ser humano a un posible destinatario alienígena. Pues bien, si hoy se volviera a promover una iniciativa similar, la película Baraka sería una digna representación nuestra.
Imágenes de la naturaleza, de algunos animales, de personas de distintas culturas y música. No hay palabras en el sentido que usualmente se da al texto en un largometraje. Con estos elementos se teje un retrato del fenómeno humano en sus más diversas manifestaciones.
La obra admite varias lecturas posibles, una de las cuales podría ser el retrato de la evolución de un hombre contextualizado en una naturaleza indomable y de dimensiones y alcance sobrehumanos. Así, las primeras imágenes hablan de altas cumbres y muestran precisamente a un macaco japonés bañandose en una fuente termal y mirando en primer plano a la cámara. En las últimas secuencias, vemos tomas superlentas de la bóveda celeste girando sobre distintos enclaves arqueológicos, a modo de recordatorio de lo efímero de nuestra existencia. En el medio asistimos a la narración de los distintos modos en que las tribus humanas desarrollan sus facetas. Muestras de distintos enfoques espirituales, lúdicos, la acción del hombre sobre la naturaleza, la acción depredadora del hombre sobre el hombre…
Hay una observación aguda de la igualdad entre los seres humanos independientemente de su fisonomía o modo de vida. Esto lo refleja muy bien el director en incontables ocasiones, si bien es reveladora la contraposición de sendos planos aéreos de la selva amazónica y de Manhattan. Nueva York desde la altura adecuada se nos presenta como un bosque de rascacielos, en los cuales bulle la vida exactamente de la misma manera que lo hace en los árboles.
En otro momento lúcido, asistimos al curioso espectáculo de ver cómo las personas eligen para vivir y morir edificios a modo de colmenas y nichos superpuestos respectivamente. La similitud resulta inquietante cuando menos. ¿Es que estamos muertos en vida?
Formalmente, encontramos que los recursos empleados sirven magníficamente a la intención narrativa. Así, todo lo referente a la naturaleza o las culturas tribales americanas, africanas y a las civilizaciones orientales se retratan en cámara lenta, mientras que el modo de vida occidental está tratado con cámara rápida y música dinámica.
En este terreno, hay un recurso magistralmente empleado, a mi entender, que es el del retrato. En diversas ocasiones, personas individuales o grupos miran fijamente a la cámara, especialmente los miembros de una tribu amazónica. Aparte de la acusada belleza formal, Ron Fricke da voz a los “salvajes” en el supuesto diálogo con los occidentales. Da la impresión de que estas personas nos miran desde otro tiempo, no cronológico sino existencial. Es como si dijeran “aquí estoy, también soy un hombre y vivo de otra manera”. Realmente impactantes las fotografías de las víctimas de la represión camboyana. El autor consigue hacer sentir hacia los retratados el profundo respeto que sin duda les inspiraron a él.
Hagamos mención especial a la música, de corte espiritual (David Hykes, Dead Can Dance) que acentúa la intención reflexiva de la obra.
Este filme supone una mirada al hombre a la vez apasionada y distante. Apasionada porque se nos muestra la grandeza y la miseria humanas, sin tapujos, con toda su belleza, con toda su crueldad. En este aspecto resulta un trabajo descarnado y comprometido. Distante porque consigue al mismo tiempo elevarse por encima de su objeto de observación aplicando la lente cual entomólogo en estudio de un universo ajeno. El resultado para un espectador alienígena no sé cual sería. Para una persona cualquiera, la visión de esta película no puede más que hacerle emerger su condición humana.
Pero por si los árboles no me dejaban ver el bosque: Baraka es una película preciosa.