Chirlanda (1)
Lo primero que llama la atención de Irlanda es la cantidad de chilenos que hay. Por ejemplo, en nuestra casa había tres chilenas y dos irlandeses. Podría pensarse que el sesenta por ciento de los habitantes de Irlanda son chilenos, pero la cosa es todavía peor, porque dicen nuestros amigos que está todo lleno de polacos. En efecto, si te fijabas bien te dabas cuenta de que había unos rubios de un tipo y otros rubios de otro. Haciendo un cálculo rápido yo me imagino que en cada casa habrá nueve polacos por cada irlandés. Un lío.
Nos recogieron en el aeropuerto de Cork Jenny, chilena ella, y su marido irlandés, Denis. Si nuestra estancia ha sido inolvidable es gracias a ellos, a su generosidad y a su amable compañía. Al principio, cuando íbamos a su casa en Killarney, yo iba delante con él y Jenny y Margui hablaban detrás sin parar, o sea, lo normal entre mujeres. Yo, por mi parte, no hacía más que acordarme del chiste del autoestopista y temía decir algo incorrecto, por si Denis me echaba del coche, pero todo fue bien durante el trayecto. Al llegar a casa nos esperaban dos lindas personitas llamadas Lili y Julie, que son puro dulce exportado de Chile.
Killarney está en el sudoeste del país, en el condado de Kerry. Lo más destacable del lugar es que esta pequeña ciudad es la puerta de entrada al parque nacional del mismo nombre. Son miles de hectáreas de naturaleza en estado salvaje delicadamente adaptadas para el disfrute de los visitantes. El parque está presidido por los Middle Lakes, los más grandes del sistema de lagos que caracterizan la región. Internarse por el parque caminando, en bici o en coche de caballos es un placer que no debería perderse nadie. Las grandes extensiones verdes, los bosques de robles, hayas y brezos, los ríos y el lago que aparece por doquier consiguen relajar al más estresado. Hasta puede que te encuentres con algún ciervo, como nos pasó a nosotros. Es gracioso que a nuestros anfitriones Killarney les parezca un lugar, cómo decirlo, poco adecuado. Lo dicen porque es un enclave turístico y por tanto hay muchos hoteles y turistas. No puedo más que sonreírme ante su queja. Cuando vengan a Málaga comprenderán lo que es un lugar sobreexplotado y masificado. “Miles” de hoteles, y no tan bonitos como los de allí, sino puros bloques de cemento. Ustedes viven en el paraíso, créanme. Este idílico lugar es el que nos llevó a ver Jenny por la mañana y Lili por la tarde. Concretamente Lili nos enseñó Ross Castle, un antiguo fortín del siglo XV en perfecto estado de conservación a la orilla del lago. Aquí es donde empezamos a notar las cosas raras que ocurren en Irlanda. Sí, porque Irlanda es un país extraño. Según Lili, de los cisnes que merodean por los alrededores del castillo, hay uno que modela. Lectores españoles: el cisne posa para los turistas. Una verdadera lástima que no pudiéramos verlo.
Decía que es un país extraño. Para empezar, conducen por la izquierda, como los ingleses. Esto se sabe de sobra, pero cobra dimensiones dramáticas al ir a cruzar la calle y a pesar de todo mirar para la izquierda. Cuando ya te han atropellado diez veces y piensas que eres más estúpido de lo que creías, entonces empiezas a mirar para la derecha. Y ya que hablamos del tráfico, digamos que cuando vas en coche tienes todo el rato el estómago en la boca, debido a la conjunción de estos dos factores: las carreteras son “difíciles” y los irlandeses conducen como locos. Cuando digo que las carreteras son difíciles no quiero decir que estén mal asfaltadas, que también, sino que son sinuosas, tienen millones de curvas y siempre están subiendo o bajando. Además, cuantos más kilómetros haces, más estrechas se vuelven, lo cual no impide que en el camino más perdido te cruces con un camión de gran tonelaje o un autobús cargado de turistas. Ni les cuento las peripecias que se pasan para cederse el paso y continuar. Para complicarlo más, todos los caminos están flanqueados por muros de piedra o de vegetación que amenazan con invadir la calzada, cosa que hacen en algunos casos, disminuyendo considerablemente la visibilidad. Yo diría que las carreteras de Irlanda están diseñadas para conducir a 30 km/h, y sin embargo los nativos se empeñan en ir a 100 km/h como mínimo. Ni siquiera les disuade la exhibición de carteles fijos con el número de muertos habidos en sus carreteras. Pues eso, el estómago en la boca para ir a Kenmare y volver con la madre de Denis. Kenmare es otra pequeña ciudad en la cabecera de un ría. Este paisaje recuerda muchísimo al de las rías gallegas, si bien el verdor es mucho más intenso allá. En el recodo de una gran lengua de la ría, Lili, Margui y servidor tuvimos nuestro momento de paz observando cómo la marea subía lenta pero implacable.
Al día siguiente, en Killarney, volvimos al parque. Ahora díganme si el destino no es magnífico. Denis es un ex-campeón de ciclismo amateur que en la actualidad regenta una tienda-taller de bicis en su propia casa. Así que nos prestó un par de ellas para que pudiéramos rodar por el parque a nuestras anchas. Es que si lo quieres planear no te sale tan perfecto.
El viernes y el sábado Jenny tuvo el acierto de llevarnos en coche por las penínsulas de West Cork, las cuales saboreamos a placer, para terminar bebiendo Guiness y Murphy en The Hackett, un coquetísimo pub de la pequeña localidad de Skull, donde aparte de cerveza se servía una cálida música en directo. Ahí nos metimos en ambiente de verdad. Gracias a Tony, el poli del pueblo, que nos acogió como si fuéramos su familia. El ser poli no le quitaba las ganas de trasegar cerveza rubia checa, pero no se asusten por ello, lo que asusta de verdad es ver a un piloto de avión borracho en su tiempo libre, como lo he visto yo. Pero no nos desviemos del tema, que eso es otra historia. La cerveza es una obsesión en Irlanda. Para ser más concretos, la Guiness. También y para ser justos, digamos que es una obsesión masculina. Ellos toman Guiness a todas horas. Guiness para desayunar, Guiness para almorzar, Guiness con el té y de postre, Guiness. La mayoría de los hombres irlandeses son zurdos, porque la mano derecha la tienen ocupada con una Guiness. Les molesta un poco para conducir y hacer el amor, pero bah, no demasiado. De esta forma, no es de extrañar que si tomas glass en vez de pint te miren como a un bicho raro, como si te gustara el yoga o algo así (esto último también me ha pasado), pero mi experiencia es que en menos de una semana ya pedía pints. De hecho, tengo problemas para escribir esto porque se me estaba fijando la forma del vaso en la mano derecha. Bueno, ya que hemos entrado en materia de bares, añadiré un par de cosas más. No me resisto a comentar este detalle: en los toilettes de allí las piezas de sanitarios por antonomasia son Armitage Shanks. Vamos, como nuestro Roca de toda la vida. No sé por qué me fijo en estas cosas, pero la verdad, como tengo el muelle flojo, tengo que hacerles muchas visitas, y al final uno pasa cierto tiempo en estos sitios. El otro detalle es que nadie fuma un puñetero pitillo en ningún local público. Esto ya nos va sonando aquí, pero les digo que es sorprendente estar en una disco viendo un concierto cañero y encontrarse en un ambiente limpio de humo. (Continúa)
7 Septiembre, 2006 a las 10:04 pm
que guena eres un genio por que no te desides a canbiar de profecion ya que eres un escritor amateur
8 Septiembre, 2006 a las 8:15 pm
Ayy, muchas gracias, cariño, qué más quisiera yo, pero tampoco sería capaz de escribir todos los días. De momento me basta con compartirlo con los amigos…