Marruecos

Yo estaba empezando a disfrutar mis primeros días de retiro, cuando el KGB me llamó y me pidió por favor que les hiciera un último trabajo. Me lo pagarían bien, dijeron, y también que si decía que no quién sabe lo que podía pasarme, un accidente o cualquier cosa inesperada. Yo acepté de buen grado, porque los chicos del KGB tienen un algo así muy persuasivo que no se puede explicar con palabras. La misión consistía en infiltrarme dentro de un grupo rociero extremista con objeto de desentrañar el secreto de su más temible arma: las sevillanas rocieras que, como todo el mundo sabe, matan de puro aburrimiento. Este peligroso grupo iba a hacer un viaje a Marruecos para localizar objetivos, camuflados en una excursión organizada. Y allí me colé yo para espiarlos.

El trayecto hasta Tánger vía Tarifa fue normal, todo el mundo disimulaba en el autobús y nadie sacaba su verdadera personalidad. En el ferry la gente vomitaba y traficaba con Biodramina, por este orden. Se confundía a los submarinos con ballenas, a Gibraltar con África, a los japoneses con chinos, a la tripulación con policías, al babor con el estribor, al culo con las témporas… Lo que no sé es cómo la gente se atreve a viajar con semejante empanada mental, pero lo siento mucho, la vida es así, no la he inventado yo.

10:30 am. Autobús hacia Rabat. El Komando Rociero, al mejor estilo mafioso estudiantil, ha tomado los asientos de atrás. Yo también. Pronto me llega el aliento anisado de la de atrás. Empiezan a aparecer botas de vino. Es una estrategia. No beber, no beber.

-Tú, dale un tiento.
-Mmmm… Venga, vamos a echarlo.

Empezamos mal, agente Deslenguado. Las botas corren por doquier y la gente empieza a alpistelarse. Cuando tienen la situación bajo control, el Komando Rociero se arranca por Sevillanas. Horror. En menos de un minuto, todos caemos en el más profundo sopor. A partir de aquí no recuerdo nada hasta que aparecimos en la blanca ciudad de Rabat.

En esta ciudad reparamos en que teníamos un guía. Yo creo que era del servicio secreto del rey Mohamed. Nos quería hipnotizar empezando todas las frases con “Claro” y “Entonces” y rematándolas con “seguramente”. Por ejemplo:

-Clarro, que entonses la rigión de Meknes es la máss rrica de Marruecoss, sígurramente.

Y así todo el rato, hasta que llegó un momento en que lo dijo todo junto, el tío perro:

-Clarro, que entonses sígurramente.

Ahí nos dolíó, nos dejó noqueados, en un estado sólo comparable al producido por las sevillanas rocieras. A partir de aquí no recuerdo nada hasta que aparecimos en la ciudad azul de Fez.

En Fez descubrimos entre el pasaje a un sujeto de diez años que posiblemente fuera un agente del Mossad. El niñaco era un hacha reventando a los vendedores. Por ejemplo, se te acerca uno vendiéndote carteras, está a punto de venderte 5 por 100 dirhams y cuando el trato está casi cerrado aparece el espía Alexander no se sabe muy bien de dónde y dice:

-Pues a mí me estabas vendiendo 6 por 100 dirhams.

Ahí la llevas. El vendedor se queda con cara de gazpachuelo cortado y luego, aunque no lo dice, piensa que quiere asesinar al niño, pero el maltrato infantil está muy mal visto en Marruecos, así que se calla, se jode y baja el precio. Me di cuenta de que Alexander era un espía de los peligrosos porque a los cinco minutos de entrar en la Medina ya vestía chilaba, portaba timbales y se ceñía un fez, y el fez ni siquiera lo compró, sino que lo cambió por una gorra que a su vez le había regalado el chófer del autobús. Un lince. Un grupo de fanáticos religiosos nos quiso obligar a vender a las mujeres por tres camellos y 2.500 dirhams, y aunque uno de los vejetes de nuestro grupo quería pagarles por que se llevaran a la suya, Alexander entró en acción. Se metió en la trastienda de un cafetín a negociar con ellos, con la de mugre que tienen, que eso es para verlo, y tras una intensa partida de póker, no sólo nos quedamos con las mujeres, sino que les sacó veinte camellos, un rebaño de corderos y una alfombra para cada uno del grupo, menos para el vejete sinvergüenza, que ya le vale.

Lo del regateo es que también se las trae. Allí todo el mundo lo utiliza de forma natural.

-Niño, a las siete en casa.
-Papá, que salgo a las nueve.
-Mmmm… Bueno, pues a las diez.
-A la una.
-A las once.
-A las doce.
-A las once y media, ni pa ti ni pa mí.
-Hecho.
-Hecho.

O bien:

-Qué hora es.
-Las doce.
-No puede ser. Serán las diez
-Pero qué dices, estás loco, como mucho las once.
-Anda, que sean las diez y media, ni pa ti ni pa mí.
-Hecho
-Hecho.

Y se dan la mano. Para el visitante, es como un bichito que una vez te pica, ya estás contagiado sin remedio. Una pareja se lo explicaba a sus compañeros turistas.

-Sí, nosotros conseguimos un kilim por doscientos, cuando el tío pedía cuatrocientos.
-No, cariño, pedía ochocientos.
-Imposible, como mucho pedía seiscientos.
-Que no, que no, en todo caso quinientos.
-¿Lo dejamos en cinco cincuenta? ¿Ni pa ti ni ma mí?
-Hecho.
-Hecho.

Es un juego peligroso que hay que jugar con cuidado. Yo aviso. Pero no nos desviemos. Fez es muy peculiar, pero contaré sólo una anécdota. Las calles son tan estrechas que la gente transporta sus cosas en burros. Pero claro, cuando pasa un burro cargado, casi no cabe otra cosa en la calle. Alguien al fondo grita “¡Burro!”, y la gente se pega a las paredes como si fueran a sodomizarles. Es digno de verse. Tras varios trances de estos, me quedé con la técnica de gritar burro para dispersar al personal, sobre todo en las colas de los bufets. Es que gastamos energías y el hambre es mucha, que alá me perdone.

Ocurrió otro hecho sorprendente. Un grupo de críos se nos pegó como lapas mientras nos movíamos por aquel laberinto. Nos pedían monedas, bolis, acciones de Endesa, lo que fuera. Cuando creíamos que los habíamos despistado, nos esperaban en la esquina siguiente. Eran una pesadilla. Estuve a punto de pedirle yo mismo al Komando Rociero que cantaran algo, pero aquello estaba petado y las bajas hubieran sido incontables. Llegó un momento en que pensamos que definitivamente les habíamos dado esquinazo, pero empecé a sentirme inexplicablemente cansado, y cuando la lengua me llegaba por las rodillas, tuve este sentimiento:

-¡Mierda!

Los críos se me habían acoplado a la chepa. Todos a mí, los malajes, ya podían haberse repartido. Estos eran de la CIA, seguro, estaba siendo objeto de contraespionaje. El Komando se dio cuenta y entonó la Salve Rociera, que es infalible, y los críos huyeron despavoridos. No, si al final les iba a coger cariño y todo a los del Komando. El problema es que a partir de ahí no recuerdo nada hasta que aparecimos de nuevo en el hotel.

Había una que tenía que ser del servicio secreto de la corona británica, por lo menos. Era una tiquismiquis de cuidado que no probaba la comida del país por temor a ser envenenada. La colega vino con un montón de tuppers que sacaba humeantes cuando menos te lo esperabas. El problema es que viajaba sólo con un bolsito. ¿De dónde se los sacaba? Y no te creas que traía pollo a la plancha. Fabadas y pisto. La envidia crecía como hongos a su alrededor. Nos tenía fritos con el temita de los tuppers. La cosa se calentó tanto que hubo un motín para que la colega compartiera con los demás. Como se negaba, estuvimos a punto de pasarla a cuchillo, pero el Komando Rociero, que pillaba tuppers de estraperlo, salió en su ayuda y soltó otra de sus canciones bomba. A partir de ese momento ya no recuerdo nada más del viaje. La radiación rociera es lo que tiene. Y la seguridad social no cubre invalidez por canciones bomba. Me lo estoy oliendo.

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