Nunca he escrito mi diario. Todo lo más, cuando era adolescente, tuve la audacia de dejar por escrito algunos pasajes histórico-emocionales de mi entonces desorientada existencia, y más por terapia que por ambición literaria, que también tenía, aunque ésta la volqué intencionadamente en otro tipo de experimentos. Me viene a la mente este asunto después de sentir por enésima vez que el tiempo se me escurre al no poder recordar, ni por aproximación, en qué momento y circunstancias sucedieron ciertos hechos para mí significativos. Por ejemplo, ¿en qué verano estuve de cámping en los Pirineos? ¿Hace tres, cinco, siete veranos? ¿Fue en otoño cuando se lió aquel follón en mi antiguo trabajo? No hacía mucho calor, pero bien podría haber sido en primavera. Y así, se da uno cuenta de cómo a los recuerdos, árboles caducos, se les van cayendo las hojas de lo accesorio para quedar en una sensación desnuda y vaga. Si hubiera escrito un diario, pienso a menudo, tendría ahora la oportunidad de, no diré revivir, pero sí refrescar algunos momentos de forma más cercana a cómo en realidad sucedieron, en lugar de conformarme con su residuo. Mi novia llevó durante varios años su propio diario, y también en otra época aquellas películas u obras de teatro que veía, así como los libros que leía. Como la gran mayoría de los apuntes fueron eventos compartidos, revisitar estas listas me proporcionaba un regocijo de la vida vivida. Por ejemplo, si me preguntaban si había visto “Hoy empieza todo”, no podía saberlo a ciencia cierta. Pero si leía esta peli en la lista de mi novia, recordaba incluso el argumento.
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